Pero los días de fiesta en semana santa cargan con la cruz del mal tiempo, así que por haber nieve en la montaña el paseo previsto se transformó en una excursión de menor escala a unas montañas que no dejaron de ser igualmente atractivas y con la dosis suficiente de aventura: Montcau y La Mola.
En medio de cervezas se selló el acuerdo. Al día siguiente un grupo de cuatro exploradoras (unas cuantas más expertas que otras) se lanzarían al ruedo a partir de las 9 de la mañana, luego de un café matutino. La carretera que nos llevaría allí era un camino serpenteante en las entrañas del Vallés Occidental. La mitad de mi indumentaria no me pertenecía. Pensaba subir la montaña en jeans y tenis y había olvidado la sudadera, así que Marta (la de la iniciativa) tuvo que proveer.
Una vez aparcadas en el parque natural del Sant Llorenc http://www.diba.es/parcsn/parcs/index.asp?Parc=4 pusimos los pies en tierra, donde estarían las próximas 4 horas enraizados contra el vértigo y buscando cimas.
El primer recorrido reveló las condiciones físicas en que estábamos. Una del grupo tuvo que detenerse a respirar. La verdad es que tampoco era tan demandante.
Había gente que caminaba, otra que corría. Nuestro paso era más bien tranquilo.
Luego de un rato de caminata llegamos a la cima del Montcau. Parece que me agarrara a la piedra como si tuviera miedo a caerme, pero no, el vértigo no es uno de mis males, simple pose de momento.
Pero una vez alcanzada una cima y aún llenas de energía, nos planteamos un siguiente reto: internarnos en una cueva, la Cova Simanya (cova = cueva en catalán). Así que volvimos al punto central a comer pan con jamón y tomar un poco de agua para recargar baterías y tomamos el camino hacia la Cueva.
Andabamos tranquilas pero concentradas, viendo claro donde poníamos el pie.
Una vez dentro de la cueva quisimos alcanzar los recovecos con sólo una lámpara deficiente. El agua chorreaba entre los muros de piedra, pero también fluía al exterior. Adentro había pequeños charcos que fueron suficientes para empapar los zapatos. Unos caminantes recomendaron no adentrarnos las 4 al amparo de una pequeña lamparilla, así que esta vez hicimos caso. Retrocedimos y empezamos la sesión de fotos.
En la cueva, bien adentro, todo es oscuridad. La entrada/salida es como un ojo de luz. Ya saben aquello de la luz al final del túnel. Sí que es representativo e importante ver desde la oscuridad el paisaje iluminado.
Y a saltar dentro de la cueva pero sin modo ráfaga no obtuve buenos resultados.
La cueva nos robó el color pero a cambio nos dio esa sensación
de volver a lo auténtico, a las raíces.
De regreso a casa.
¡Espero hacer pronto más excursiones! ¡Qué buen plan de semana santa! ;).
Què bonic!! Qué paisajes tan familiares... aix.. JAjajaja Me alegro mucho que te lo estés pasando tan bien por esas tierras!! Un beso!
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