A las 10 de la mañana
recojieron las cenizas del mobiliario.
Antes de escapar por el balcón dejó Mariana
aquella vela encendida que todas las noches
empapaba el aire de olor a manzanas. Pero esta
vez la había ubicado amenazante, donde su escasa
llama pudiera hacer daño.
El fuego se tragó los libros y oscureció
el blanco de las paredes. Añicos hizo la maleta azul,
el edredón blanco y las sábanas rojas.
El maletín rosa, la manta beige, el sombrero negro.
En nada quedaron las fotos de Europa, las de
América y las postales, el corcho, la silla con
rodachines, la mesa y lámpara de noche.
Pero su retaliación contra aquellas cuatro paredes
por la cólera de serle robadas 46 noches de sueño
fue inútil, porque fuera la luz
y el susurro de la luna la mantenían despierta.
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